Cancel Preloader

Saga relatos «Luz sobre el dolor crónico»

Explicando mi dolor

Llegados a este punto, veo la necesidad de explicarles cuál era (y es) ese dolor que tanto me aqueja. Supe mucho más tarde, del modo que todo venía provocado por una lesión que se llama espondilolistesis bilateral en la L5-S1. Es decir, a la altura más baja de las lumbares. Es un dolor en forma de cinturón, que baja hasta los dedos de los pies y sube hasta la coronilla. Viene con tirones, calambres y convulsiones si no tengo cuidado. Es una sensación terrible, intensa, incansable y tormentosa.

Tormentosa porque, cuando cambia el tiempo o tiene a bien, aparecen los truenos y rayos en forma de calambres que me dejan sin respiración; o convulsiones, tanto en las piernas como en la propia espalda. Lo habitual es que cada día amanezca con electricidad en las piernas. En muchas ocasiones, esa “electricidad” no me deja mantenerlas quietas por un dolor sordo que sube y baja de intensidad con una terrible constancia. No permitiéndome dormir ni descansar y tengo que estar cambiando de postura cada cinco minutos.

¿Alguna vez habéis chupado una pila de petaca? Si lo habéis hecho, la electricidad es parecida, pero de manera continua bajando por las piernas hasta los dedos de los pies. Además de un dolor en todo el cuerpo como de agujetas por todas partes y un cinturón de dolor sordo que en ocasiones baja hasta la zona perineal y los glúteos. Si estoy en una postura más de cinco minutos, me tengo que cambiar a otra y así constantemente. Además, muchas veces, se me duermen las zonas afectadas y siento ese hormigueo tan desagradable e inquietante.

Es un dolor que te deja cansado, triste, hundido y, derrotado, te irrita. Es tan voraz que impide que mantenga la concentración más de cinco minutos y, para no pensar en él, me mantengo ocupado haciendo mil quinientas cosas a la vez. A saber: veo series, películas, leo, escucho música, escribo, camino (cuando puedo) por mi casa. Hay momentos en que al girar la cintura me pega un latigazo tan fuerte que al sentir ese calambre, como cuando te ves obligado a retirar la mano del fuego, quito la pierna y me caigo al suelo.

Esas mil quinientas cosas que les digo que hago al día, son a la vez. Es decir: leo y a los cinco minutos me quito; cambio de postura y me pongo a ver una serie o una película y a los cinco minutos me quito; vuelvo a cambiar de postura y escribo. Así todo el día. Todos los días. Es un tormento. Pero procuro que sea lo menos aburrido posible, hacer cosas que me interesen y apacigüe mis ganas de seguir aprendiendo sobre todo lo que no sé.

El dolor siempre está conmigo. Es un chapapote que me envuelve y que, al tratar de quitármelo, va impregnándome el resto del cuerpo. Sintiéndome más sucio y derrotado. El dolor siempre va a estar conmigo. Lo sé. Así que tengo que aprender a convivir con él.