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Infancia

Recuerdo tener dolor de espalda desde muy pequeño. De hecho, dejé de practicar gimnasia deportiva y judo por el dolor tan fuerte que me provocaba la práctica de estos deportes. Pronto me vi seducido por la pasión del hockey sobre patines. Inscribiéndome en el equipo del colegio. No creo que trasportar la mochila de hockey y jugar encorvado fuese muy sano para mi espalda, pero el placer de patinar y jugar al hockey lo compensaba. La felicidad que lograba yendo a toda velocidad sobre mis patines era todo lo que me importaba en ese tiempo.

De modo que, aún doliéndome la espalda, la felicidad me producía me incapacitaba para dejar de practicarlo. La sensación de sentir el aire acariciando mi rostro cuando iba a toda velocidad descendiendo las cuestas de mi barrio y echando carreras con otros amigos que iban en bicicleta lo era todo. El tratamiento que seguía para paliar esos dolores de espalda que todos los días sentía, era tumbarme boca arriba sobre la alfombra y poner los pies sobre el asiento de alguna silla. Así lograba relajar algo la espalda. También solía ponerme una bolsa de agua caliente. Si no lograba paliar el dolor, recurría a las aspirinas. Tras ello, lograba estar operativo para retomar con naturalidad las actividades propias de mi edad.

Era mal estudiante, para qué negarlo, pero uno de los motivos por los que no obtenía mejores resultados en la escuela era por mi incapacidad para concentrarme. No podía estar mucho tiempo en la misma postura ni concentrarme. Además de no poder estar quieto en una misma postura provocaba mi proverbial inquietud. Algo que molestaba a mis profesores, compañeros y familiares. De hecho, tengo problemas para mantener quietas las piernas desde que tengo uso de razón. Por lo que el estudio se convirtió en una tortura para mí. La solución que encontré fue leer historias cuya portada sedujese mi imaginación. De ahí que leyese tanto desde muy temprana edad.

Primero fueron tebeos, pero poco después descubrí mi pasión por los libros. Concretamente cuando la hija de una vecina de mi abuela me regaló 20.000 leguas de viaje submarino, de Jules Verne. Desde entonces, el amor por la lectura no ha disminuido ni mucho menos con el paso del tiempo. Estos antecedentes espero les sirvan para ir haciéndose un paisaje mental de lo que leerán más adelante.

Gracias Emilio Durán por compartir un gran ejemplo de superación.